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Fragmento de la portada de La Casa del Manzano

Mi obra publicada

 

Portada de Estas en la luna

portada de "La casa del Manzano"

 

 

 

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Carta de Carmen Montalban a una lectora que pregunta

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Querida amiga:

Te interesas en tu carta por los motivos que me llevaron a escribir Estás en la luna y por las interpretaciones que los lectores puedan hacer de mi novela.

Sobre esto último, eres tú quien tendrás que hablarme a mí… cuando la leas. Una vez que una historia se edita, se despega del autor. Levanta el vuelo. ¿Y con quién va a anidar?: precisamente, con quien la lee. Es a él a quien le dice cosas.

Hasta que este cuento se convirtió en un libro, lo habían leído unos cuantos amigos. De lo que han interpretado ellos, sí que puedo comentarte -en resumen- una cosa: que ninguno hizo la misma lectura del manuscrito.

1) A mi amiga Charo (que estuvo en el Sahara antes que yo) le parece muy importante que la gente conozca la historia y los problemas del pueblo saharaui.

2) A Eduardo, mi marido, le gusta que utilice la pérdida de memoria de una anciana para explicar la pérdida de raíces de ese pueblo. También le gusta que Baraka, la protagonista, le recuerde a su abuela el significado de las palabras que va olvidando; porque, de paso, aclaro yo los términos de aquel idioma que puedan resultar desconocidos para la gente de aquí.

3) Mi hijo Andrés leyó Estás en la luna como si se tratase de una novela de humor. Se rió mucho con las tonterías de Baraka (que cree, entre otras cosas, la muy tonta, que su abuela, de verdad, ha perdido la cabeza).

4) María José, una profesora de Educación Infantil, leyó Estás en la luna como un cuento didáctico. Al día siguiente, llenó el colegio de carteles para explicarles a los niños las casas del mundo de las que habla la novela.

5) Para Cristina, una niña de 10 años, lo más importante del relato es la amistad. Según ella, el título debería referirse a las dos amigas. La historia de Aya y Baraka, por ejemplo.

6) Para mi amiga Mónica, Estás en la luna habla de la relación entre Baraka y su abuela. Hay tanto cariño entre ellas, que lloró.

7) Lola, profesora de violín de mi hijo Dani, destaca la estructura musical de la novela, los escasos elementos con que la construyo y el modo en que los combino para conseguir tanta carga emocional en tan pocas páginas.

8) Begoña, profesora de Educación Física, me agradeció que Estás en la luna le hubiese entrado por los sentidos. Le gusta sentir la arena del desierto entre los dientes, el sabor de los caramelos de los niños, oír las canciones del padre, ver la luna llena y la fotografía de la casa a la luz de la vela…

9) Por otro lado, mi amiga Mari Carmen ha visto en la novela el contraste de dos mundos; la sensación de “volver al origen”; la posibilidad de vivir con muchas menos cosas de las que tenemos, y el hecho de que Baraka considere que los exóticos, los raros, somos nosotros, el cloro de nuestras piscinas y nuestro aire enlatado…

Espero haberte ayudado, pero también espero que tú saques tus propias conclusiones.

LOS MOTIVOS DE “ESTÁS EN LA LUNA”

En cuanto a los motivos que me llevaron a escribir esta historia, también son variados.

Estuve en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf para asistir a su festival de cine, FISAHARA, en marzo de 2005. Mi familia me pagó el viaje como regalo de cumpleaños porque mi gran sueño desde que era niña era ver el desierto.

El desierto no me decepcionó. Es un símbolo que siempre me ha fascinado; un espacio en el que puede suceder cualquier cosa; especialmente, dentro de uno mismo. El desierto puede ser, por lo tanto, mi primera razón.

Viví la experiencia con mis cinco sentidos, y volví cargada impresiones nuevas.

Después de vivir una experiencia así (no me refiero sólo a conocer el desierto, sino también a la familia saharaui que me acogió allí), necesitaba escribir esa Estás en la luna.

Uno de los aspectos de este pueblo desterrado que más me llamó la atención fue la diferente manera que tienen de concebir su destierro los ancianos y los niños. Los saharauis se vieron obligadas a salir de su tierra hace más de 30 años; por eso, quienes superan esa edad tienen raíces; se acuerdan de “su casa” como algo que les han quitado. En cambio, los niños no han visto más tierra que la inhóspita Hamada de Argelia. Han nacido en los campos de refugiados. Hablan del Sahara Occidental porque han oído hablar de ella a sus mayores, pero no pueden recordarla, puesto que nunca la han pisado.

De ahí, el miedo de Bahía (la abuela de mi historia) de olvidarse de su casa en Dajla (el Dajla original, y no “la mala copia” de los campamentos en que España y otros países los han abandonado). Porque, si los ancianos pierden la memoria de “su casa”, ¿quién se acordará? Si la memoria se pierde, se perderán las raíces y los saharauis se convertirán en un pueblo “acostumbrado” a no tener aquello que tuvieron y a vivir de la caridad internacional.

La memoria es, pues, el hilo argumental de mi novela. O eso creo. Pero la memoria social por sí sola me habría dado un resultado frío, abstracto. Lo que la literatura tiene que contar -según lo veo yo- son historias de personajes, no de pueblos. Por eso extendí el problema de la memoria a la abuela Bahía; por eso hice que padeciera Alzheimer. Por eso, y porque mi padre también lo padecía.

El alzheimer de mi padre -su demencia senil- es la segunda razón de que haya escrito esta novela. Me daba cuenta (y mi padre también, algunas veces) de que el mundo estaba desapareciendo alrededor de él. Cada vez se iba olvidando de más cosas (incluso de mis hermanos y de mí; de nuestros nombres, al menos). Al final, ya ni encontraba las palabras. Una de las últimas cosas que olvidó fue la casa en que vivió cuando era niño (la casita blanca del Sahara occidental: las raíces de Bahía y del tiesto de margaritas).

La tercera razón de que yo haya escrito Estás en la luna son mis propias raíces. Ahora no hablo de pueblos o de patrias, sino de relaciones con personas. Con mi padre y con mis abuelos y abuelas, que me contaban historias cuando era niña. Lo hacía cada uno en su género y a su estilo, de la misma forma en que Bahía se las cuenta a Baraka en mi novela. A mis abuelos les debo mi pasión por narrar, ya que ellos ponían mucha cuando me contaban sus cosas a mí.

El padre de mi padre, mi abuelo Juan, murió cuando yo era pequeña, pero me dejó muy bonitos recuerdos. De él, heredé un baúl (el mío no tenía palmeras, sino bellotas). Me lo dejó tras su muerte porque sabía que me gustaba. Una noche en que me había acostado preocupada porque no se veía la luna, soñé con que la buscaba por todo el pueblo y no conseguía encontrarla. No, hasta que miré en el baúl de mi abuelo. Cuando lo abrí, la habitación se llenó de luz y me desperté. Entonces, vi la luna en la ventana y me sentí mucho más cerca de mi abuelo Juan. Fue un sueño tan real, que nunca lo he olvidado. Ese es el motivo personal de mi novela.

En cuarto lugar, y por último, otra cosa que me inspiró fue un cuentecillo que mi hijo Daniel escribió siendo muy pequeño sobre una casa deshabitada que no soñaba con otra cosa que con encontrar alguien que la llenase de calor por dentro.

En fin, supongo que ya me he enrollado más de la cuenta.

No sé si mi carta te ayudará en algo o te complicará las cosas.

Espero que disfrutes de la lectura y que no hagas demasiado caso de las apreciaciones de los demás; porque, a lo mejor, Estás en la luna te sugiere cosas muy distintas.

Ya me contarás. Hasta entonces, un abrazo.

Carmen Montalbán

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